La última novela de Sara Mesa me ha parecido una obra de teatro en blanco y negro. Tres actos, pocos personajes y un solo escenario, La Escapa, que se convierte en personaje principal.
La Escapa es un pequeño pueblo vigilado por el monte de El Glauco. Un lugar idílico donde Nat, traductora e inexperta en el entorno rural, busca refugio. Todo parece ir bien al principio, sin embargo, poco a poco su casero, el resto de los vecinos y el mismo lugar van oprimiendo a la protagonista recién llegada y hace que exploten los sentimientos contenidos que intentaba sanar allí.
Se podría decir que Un amor nos lleva a historias ya contadas. San Manuel Bueno, Mártir o La casa de Bernarda Alba, por ejemplo, en las que la búsqueda de libertad del individuo choca con la incomprensión de un colectivo intolerante. Ambas se desarrollan en un lugar pequeño que asfixia a los protagonistas y tienen un personaje simbólico externo que todo lo observa mientras espera la metamorfosis del protagonista. El lago y la montaña en la obra de Unamuno y la propia casa en la obra de Lorca. Incluso Roberta, que todo lo ve a pesar de su estado demente en Un amor, nos recuerda a Mª Josefa, madre de Bernarda Alba.
Supongo que hay coincidencias que son inevitables. La propia autora habla de Dogville una película de Lars von Trier muy teatral, como lo fue también La cabina de Antonio Mercero.
Como en el teatro, las escenas se suceden en esta novela corta y la tensión aumenta. Los tres actos señalan la estructura clásica, narrada en tercera persona para distanciarnos de la acción, al igual que lo hacen las acotaciones en un texto dramático. El espectador se va situando en la escena y desde el patio de butacas ve el proceso de cambio que experimenta el personaje.
Lo interesante de este relato es la crudeza de los hechos y cómo los cuenta la autora. Utiliza una sintaxis perfecta y busca con esmero las palabras para definir lo que siente Nat. Se aprovecha de su trabajo como traductora para dar significado a cada acontecimiento, porque la protagonista necesita poner nombre a lo que le sucede y de esta forma contárnoslo sin rodeos. Hasta el extremo de que nos duela lo que vive con cada personaje. Ninguno es un personaje prototípico. Molestan sus miradas, sus gestos, cómo cuestionan a Nat, lo que dicen, cómo lo dicen y todo lo que callan… En cada una de estas relaciones se esconde su pasado y lo que busca para su futuro. El lector entra en comunión con ella y le acompaña hasta el final.
Una novela intimista, como otras clásicas, pero del XXI. Una obra, imprescindible ahora, que nos tira contra las cuerdas del egoísmo y la soledad que hoy en día, por desgracia, acompaña a muchos.
Y ya cada uno, cuando salga del teatro, que haga con todo un ovillo o se cosa un vestido.
Fotografía de portada: Sonia Fraga (Jot down)