— Ensayo —

El infinito en un junco, Irene Vallejo

Entro en la Fnac después de una conversación difícil, posiblemente buscando refugio entre los libros para encajar las preguntas que me han lanzado. No busco nada en concreto, pero después de varias vueltas me encuentro con Un amor de Sara Mesa que posa en el estante inferior de uno de los mostradores. Vital Citores me dijo que era uno de los libros que debería leer. La idea de no gastar más en libros vuelve a mi conciencia, pero lo agarro con fuerza y ya no lo suelto. Sigo el paseo, me acerco a ellos, los toco sin guardar las medidas de seguridad y me reconozco en alguna página.

Antes de salir de allí miro por curiosidad los libros más vendidos y observo que una semana más El infinito en un junco ocupa uno de los 10 primeros puestos y va por su 38ª edición. Ya lo dijo Irene Vallejo: “Yo creo que cuando un libro tiene éxito editorial es porque está dando algunas respuestas a preguntas que la gente tenía en su cabeza sin ser consciente de ello.” (El País, diciembre 2020, “La cara oculta de El infinito en un junco”).

Pasan los siglos y el sentimiento es el mismo entre los humanos, dejar constancia de pensamientos e historias. Unos a otros nos vamos leyendo y buscamos soluciones a nuestra vida, quizás las mismas de siempre.

“nos sentimos intrigados o aludidos por las líneas subrayadas, iniciamos una conversación personal con las palabras escritas, nos abrimos con mayor intensidad a su misterio. Buscamos en su océano de letras un mensaje embotellado para nosotros.” pág. 301

El infinito en un junco va de eso, de la historia del libro hasta nuestros días, de cómo se hizo en cada época hasta llegar al libro tal y como lo conocemos nosotros. Irene Vallejo nos lo explica en 400 páginas escritas desde el entusiasmo y la erudición, sin darse importancia y abriendo su corazón, con esa nobleza que caracteriza a los aragoneses. A muchos esto podría resultarles cursi, pero la escritora en ningún momento cae en la ñoñería, de manera que es capaz de entrelazar historia y filología con los sentimientos que en ella ha producido sostener un libro en sus manos en las diferentes etapas de su vida.

Tras la lectura de este ensayo es inevitable caer hacia atrás y bucear en mis libros.

Todo comienza en la imprenta de mi padre. El ruido de las máquinas y el olor a tinta se metió en mi cuerpo en cada una de las visitas al taller. Bajar las escaleras a toda velocidad detrás de él, mancharse de tinta, sopesar el grosor del papel, coleccionar hojas o rasgarlas, organizar las letras en una cajetilla o hacer cuños con ellas, encuadernar con Juan Miguel, cortarse con el filo de una hoja, … Ojalá Irene Vallejo nos cuente qué pasó con el libro desde que apareció la imprenta.

El primer libro que leí ferozmente me lo prestó Paco Blanco en el verano de los 16 años, El fuego de la vida. Esa novela destapó la caja de Pandora en la que me metieron más tarde mis profesores de literatura, Pilar Rodríguez y Raúl Payo, cuando me contagiaron su entusiasmo por los clásicos. También mi madre, la tarde que me llevó al teatro para ver la adaptación de la novela de Delibes, Cinco horas con Mario, que a mí me pareció un instante. Después vinieron los catedráticos de Filología y sus estudios minuciosos y apasionados de estructuras, personajes y puestas en escena…  Arcadio López Casanova, Evangelina Rodríguez, Josep Lluís Sirera, Rafael Beltrán… Ángel López… Me lanzaron a la red de las palabras como el que envisca a los pájaros. Mi amiga del alma, Elena Faet, quiso caer en la misma red y juntas compartimos interminables charlas, escondidas en el minúsculo departamento de árabe donde arreglábamos la vida e intercambiábamos resúmenes de libros. Aunque no todo fue dulce, se sucedieron los años de monotonía, de libros vacíos y lecturas apagadas hasta que Salva me lanzó un salvavidas y me subió a la barca, devolviéndome al entusiasmo del principio. Entonces se sumaron los incondicionales, los adictos a las tertulias eternas… Mamen, Alfredo, Belén, Pepe, Chelo, Juliana, Javier, Sergio, Pilar, Judit, … y Vital, siempre fiel para atender cualquiera de mis preguntas o escuchar mis neuras con una crítica cariñosa.

Y ahora, tú, Irene Vallejo. Gracias por recordarme que mi origen está unido al papel impreso y que mi vida no tiene sentido sin las historias que allí se cuentan.

Precioso ensayo.

It’s driving me insane. I can’t fake. 

 

 

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