— Reseñas: Relato —

No estoy acostumbrada a la esperanza, Everilda Ferriols

Lectura de julio de 2026

Conocí a Everilda Ferriols en San Miguel de los Reyes a finales de febrero de 2018 cuando tuve la suerte de presentar a Fernando Delgado al alumnado de Bachillerato y ella trabajaba en la Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu. Desde entonces coincidimos en algunas tertulias o presentaciones de libros. Y lo curioso y gratificante es que siempre se dirigía a mí con el mismo cariño y la misma amabilidad que el primer día.

Algo sorprendente, pues su enorme currículum no la distanciaba de los que no lo tenemos. Eve era licenciada en Filosofía y fue bibliotecaria, llegó a ser también directora de la Biblioteca Pública del Estado de València Pilar Faus y de la Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu. Dedicó su vida a la conservación y catalogación de libros, que como ella decía le gustaba tocar.

Además, reivindicó en su trabajo a las mujeres escritoras literarias, a las autoras de arte y humanidades, a las de ciencia y tecnología, así como a las impresoras o bibliotecarias que quedaron en la sombra en el panorama literario valenciano y español. También defendió la democratización de la cultura con el ánimo de hacer llegar la cultura a todos los ciudadanos.

En 2023 fui a La Llibreria Ramón Llull a la presentación de su antología de cuentos, No estoy acostumbrada a la esperanza, con un verso de Emily Dickinson que le sirvió de título. Sin embargo, no leí estos relatos hasta más adelante, gracias a que La Llibreria organizó una tertulia el pasado martes, 7 de julio, aunque Eve ya no estaba. Se había ido para siempre dos meses antes, aunque su elegancia y su estilo cuidado con un toque de humor permanecía en sus cuentos.

Ha sido un descubrimiento leerlos no solo porque cuenta historias desde la mirada atenta y la observación detallada de aquello que nos pasa desapercibido, y que conforma la vida; sino también por su estilo, que sobrecoge con una sintaxis perfecta y un vocabulario preciso.

En la tertulia se debatieron muchos aspectos, pero me resultó curioso que la mayoría de los tertulianos, entre ellos amigos muy cercanos a la escritora, pensaran que cuando escribió estos relatos no estaba aún metida en médicos y tratamientos. Sin embargo, cuando yo leía el libro antes de este encuentro tenía clarísimo que la voz narrativa, la mayoría en primera persona, era Eve conocedora de su final. O fue así, o la escritora tenía una calidad humana extraordinaria, capaz de apreciar la vida hasta en lo más insignificante, que también.

El descubrimiento de este libro ha hecho que comparta con los residentes de San José, donde ahora vive mi madre, los dos últimos talleres de lectura del curso. En ellos les he leído cuatro cuentos, pero podría leerles todos. Era admirable cómo las personas mayores veían ideas, sentimientos, imágenes… en la narración de Eve que yo no había ni imaginado. Quizás sea porque saben que están cerca del final de su vida, o quizás desde la vejez se aprecia mejor cualquier detalle porque te lleva a un recuerdo de lo vivido.

Extraordinarias fueron las tertulias en La Llibreria y en la Residencia San José de Burjasot. Solo me queda hacer la prueba con los jóvenes, pero eso será el próximo curso.

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