Desde la referencia histórica que hace la escritora al principio del libro todos sabemos que Hamnet tiene que ver con Shakespeare y con su famosa obra Hamlet. Es admirable ver cómo ha conseguido tan buenas críticas y más de un premio por esta novela, con lo atrevido que es escribir sobre uno de los principales autores de la literatura universal.
Sin embargo, Maggie O’Farrell no habla directamente de Shakespeare. La autora se centra en su mujer, Agnes, y le da voz a sus pensamientos y sentimientos para que entendamos el otro lado de un artista. Esto me recuerda a mi tía Rosario, una mujer prudente, de pocas palabras, que velaba desde el anonimato por el escultor, mi tío Miguel Ten, y su magnífica obra.
Y entonces me pregunto cómo vivirá una mujer a la sombra de un genio, si ese artista llegaría a serlo si no fuera por la “libertad” que le concede su esposa y, sobre todo, qué grandeza ocultaría esa mujer.
Maggie O’Farell nos lo cuenta al posicionarse en Agnes y dar todo el protagonismo a la voz que ha estado silenciada en muchas historias, la voz femenina. La narración de Hamnet es preciosa, porque sin darte cuenta te adentra en la inteligencia, en la paciencia y en la energía de esta mujer que desde la distancia y el anonimato vela por la obra de su esposo sin apenas entender el poder que ejercían sus palabras en los corrales de comedias.
En un pueblo alejado de Londres el destino une a un hombre, erudito en las letras, y a una mujer, sabia en las plantas medicinales, que no encajan en las limitaciones de ese entorno rural. Su forma de ser y su carácter va más allá de lo convencional y esto genera una atracción mágica entre ambos. Se reconocen el uno en el otro y respetan la manera de actuar de cada uno a pesar de la incomprensión de la familia y los vecinos.
La muerte inesperada de un hijo da un giro a sus vidas y es el motivo que impulsa al hombre a buscar su destino. Su vida no podía limitarse a dar clases de latín y enseñar a leer, había nacido para contar historias de pérdida, celos, amor, nostalgia, irritación, desamparo, vida o muerte… en las que cualquier ser humano pudiera sentirse identificado.
El olor de las plantas, el barro de las calles, el tacto suave de una blusa por el roce de unas manos fuertes, el vuelo de un ave, la mirada que no se olvida, …
Desde el detalle y sin perder la voz de Agnes, el lector se adentra en lo que parece insignificante e invisible, pero que sostiene algo grande, muy grande, y que solo descubres al final de ese río de emociones. La fórmula es una suma perfecta: los versos de Shakespeare más el templo de la palabra. Porque el trayecto acaba en un lugar sagrado, sobre las tablas de uno de los mejores corrales de comedias del mundo.
Nadie dice una palabra. Nadie pestañea. Todo el mundo está completamente pendiente de los actores y de lo que dicen. Se acabaron los empujones, los silbidos, las broncas, y en su lugar hay ahora una congregación silenciosa reverente.
Solo allí se produce el milagro.
Un globo que te envuelve, abierto al cielo por un círculo que respira, y que te convierte en piedra, mientras contemplas con horror o compasión… tu propia vida y sientes que entre la ficción y la realidad solo hay una línea fina. Ser o no ser.

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La imagen de la portada es CCCB.