— Reseñas: Poesía española —

El recelo del agua – Violencia, Bibiana Collado

El recelo del agua

[Todavía noto, a veces] es el único poema de la 1ª parte de El recelo del agua con el que la autora abre una caja de recuerdos y emociones que cerrará con el único poema de la 4ª parte, [Hoy decido enunciarme].

En la 2ª y 3ª parte la voz que nos habla se muestra incapaz de contar, pero sí de explicar las imágenes, los sonidos y los gestos que lleva recogidos en los músculos, en las arrugas de la piel o en las manos. El día de la comunión, el exilio, el trabajo en la fábrica, la escuela impensable… es la herencia que queda marcada en el cuerpo.   

Bibiana Collado consigue que el lector se identifique con esa voz que habla, de manera que en la confusión de voces se intercambian emociones que podrían pertenecer a cualquier mujer que vivió en una época pasada y que condicionará el futuro de sus descendientes. Son estampas atemporales de relatos de campo, de trabajo duro y de cambios exigentes, que labran surcos en las hijas de esas mujeres, sus madres.

Hoy decido enunciarme

desde los relatos de la tierra dura

y los inviernos de piedra y cal

que no he vivido.

En los poemas existe una relación constante entre vida y lenguaje / escritura que también aparece en Violencia y que de alguna manera caracteriza a la autora.

Violencia

Las cuatro partes en las que se divide el poemario Violencia utilizan el verbo decir en su primera acepción: “Manifestar con palabras el pensamiento.” Se trata de dar nombre a lo innombrable para que exista. A veces preferimos no contar para que creer que “aquello que vivimos” no ha pasado. Es la lucha interna entre decir y callar. Pero quizás la palabra puede poner fin al acto y es preferible hablar.

“Decir víctima”, “Decir veneno”, “Decir golpe” y “Decir roto”.

“Decir víctima”

La voz de los poemas se mete en el pensamiento de la víctima y habla en 1ª persona para hacernos más cercano el maltrato sufrido. Poco a poco nos cuenta cómo se siente y va dando nombre a los sentimientos de dolor que esconde por miedo, vergüenza o incomprensión.

Disociar el dolor del cuerpo y del habla

para que su recio sentir no pueda

señalar la rotundidad de un nombre.

“Decir veneno”

En el intento de “decir” siente el veneno y la dificultad para nombrar.

¿Qué obturo por miedo a manchar lo nuevo?

¿Qué me impide deshacer el habla

y prorrumpir?

“Decir golpe”

Por fin, se narra el golpe. Se hace real, ya existe.

El cuerpo crea sus tretas / resistencia,

busca el refugio del golpe en carne

blanca, intacta. Para que siempre

parezca la primera vez. Para no crear

memoria / pozo. Ni costumbre.

“Decir roto”

Pero no hay final feliz. Solo queda la fractura eterna.

Toda yo soy el tacto de esa mejilla

que busca la fractura en el esmalte

brillante y se pregunta:

¿Lo habré roto?

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