La primera vez que conocí la obra de Chéjov era muy joven. Fue en el Teatro Principal de Valencia cuando vi representada su obra El tío Vaina. No salí decepcionada. Al contrario, volví a ver más tarde otras de sus piezas teatrales. Lo que más me llamó la atención entonces fue la sencillez con la que trataba la intensidad de la condición humana. 
También sus relatos cortos, como algunos que acabo de leer, me han parecido extraordinarios por el mismo motivo. Supongo que Chéjov, médico y escritor a la vez, conocía a la perfección al ser humano, física y psicológicamente, y por este motivo el trato que les daba era excelente.
La temática y el estilo de este escritor lo consagra con uno de los mejores escritores de su época y de la Literatura universal. Además, lo sitúa en el Naturalismo del siglo XIX. Porque con su estilo, sin demasiados ornamentos, ni grandes artificios, consigue que el lector llegue a la naturaleza de cada personaje y pueda entender sus reacciones ante la vida. Además, tiene una prosa sutil y en ocasiones, humorística, que le quita dramatismo a la crudeza de la historia.
La mayoría de sus cuentos hablan de libertad, de dolor, de abuso, de egoísmo, de segundas oportunidades, … De manera que estas temáticas también hacen que te replantees al finalizar la lectura algunos aspectos personales de tu vida y la que mantienes con los demás. Su obra se ha convertido en un clásico, justamente por tratar temas universales que no tienen ni tiempo, ni espacio concreto.
Destaco los cuentos que más me han gustado, de menor a mayor importancia, según mi humilde criterio: La corista, Ionich, El hombre enfundado y Enemigos.
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Antón P. Chéjov (Tangarog, 1860 – Badenweiler, 1904) es por derecho propio uno de los grandes clásicos de la literatura universal. Médico de profesión, comenzó a publicar sus primeros relatos en 1880 (bajo el seudónimo de Antosha Chejonté, entre otros). Recopilados, mientras aún vivía, en volúmenes como Relatos abigarrados o En el crepúsculo, sus relatos están entre los más importantes del género. En 1887 escribe Ivánov, su primera pieza teatral y el comienzo de su carrera como dramaturgo, con obras tan importantes como Las tres hermanas, La gaviota o Tío Vania. Enfermo durante años y tras recorrer varios sanatorios, muere en Alemania a consecuencia de la tuberculosis.
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