El pensamiento. Entro en terrenos difíciles de explorar para mí y les pido permiso para hablar “con zapatillas de ir por casa”, como diría mi profesor y maestro D. Jose Antonio Talens, pues no sé si sabré hacerlo como este ensayo merece.
Y me atrevo porque estoy “cansada” de jerarquizar y clasificar en las aulas la historia y todas las corrientes literarias del pasado, sin ser capaz a veces de justificar el porqué de las obras del presente. ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué pensamos hoy? ¿Qué cambios hemos experimentado? ¿Qué hemos logrado desde el principio de la palabra? ¿Por qué escribimos sobre unos aspectos y no de otros? Y lo más importante, ¿cuáles son las voces que hablan? ¿De dónde sale la voz? ¿Quién habla?
Hoy en día es más fácil hablar del teocentrismo, del humanismo o del impresionismo, porque la distancia de los años te da la perspectiva suficiente para analizar cualquier obra en su conjunto. Por eso, reflexionar sobre las obras contemporáneas puede resultar más complejo.
El caso es que una de las redes sociales del momento me acercó al ensayo de la filósofa Marina Garcés, Nueva ilustración radical, y creí oportuno leer y estudiar su propuesta para ver si daba luz a mi “problema”.
Desde el principio este ensayo nos recuerda que vivimos en una sociedad pos-póstuma, catastrofista, autoritaria, tremendista, … antiilustrada. Y uno de los problemas es que algunos defensores de las humanidades han caído en un discurso nostálgico y tremendista que neutraliza la crítica.
La ansiedad, la depresión, la desorientación viene por la saturación de información y por la impotencia ante todo lo que sabemos. Nos convertimos en seres pasivos que consumimos productos y saberes segmentados con un lenguaje estandarizado, que provoca la incomunicación entre conocimientos, modas, opiniones, hombres… Al final buscamos soluciones para todo. La Solución. Y esto nos estanca en el vacío, ya no hay nada que hacer. Todo nos lo dan hecho y pensado.
Ante esta situación hay dos salidas: la condena o la salvación. Marina Garcés propone combatir con una nueva ilustración radical.
Por eso nos hace reflexionar sobre qué ha pasado desde la Ilustración hasta nuestros días. En el siglo XVIII pensábamos y nos preparábamos para el futuro, pero el futuro ya está aquí y los hombres estamos más solos y perdidos que nunca, a pesar de que lo sabemos TODO.
Porque los pensamientos ilustrados fueron manipulados, instrumentalizados, incluso monopolizados por los dirigentes, por la revolución industrial, por el progreso, por la globalización, por la tecnología. En último término, fueron dirigidos hacia un futuro esperanzador para los hombres; sin embargo, buscando el bien del individuo lo ha aislado del resto.
La propuesta es volver a la Ilustración, pero evitando “la manipulación, la instrumentalización y la monopolización” que ha sufrido el proyecto de los ilustrados camino del futuro, porque ya no hay futuro. Cada día es un día menos y no podemos pensar cuánto nos queda. Habría que pensar hasta dónde podemos llegar. Es por esto por lo que la autora nos plantea una ilustración radical, no ilusa, sino combativa.
Se trata de volver a la actitud de la Ilustración. Declararnos insumisos e incrédulos de tanto pensamiento negativo y catastrofista que sólo ve un futuro agotado, sin tiempo para nuestro final definitivo. Y para ello “se necesitan herramientas conceptuales, históricas, poéticas y estéticas que nos devuelvan la capacidad personal y colectiva de combatir los dogmas y sus efectos políticos.” Y posiblemente estas herramientas estén en todas las humanidades, incluida la Literatura.
“Es un combate del pensamiento contra los saberes establecidos y sus autoridades, un combate del pensamiento en el que se confía una convicción: que pensando podemos hacernos mejores y que solo merece ser pensado aquello que, de una forma u otra, contribuye a ello.”
“Se trataría de salir del tiempo y tener la libertad de someter cualquier saber y cualquier creencia a examen, venga de donde venga, la formule quien la formule, sin presupuestos ni argumentos de autoridad. La crítica. Autocrítica. Autonomía del pensamiento.”
Propone entrar con fuerza en las humanidades, no para defenderlas sino para combatir con ellas aquí y ahora. “¿Hasta dónde somos capaces de llegar para ALIARNOS?” No hay futuro, hay un presente universal y recíproco. El ser humano no está solo y las actividades humanísticas, en todas sus expresiones artísticas, podrían servirnos para reflejar este tiempo vivible desde distintos lugares, desde distintos saberes, compartiendo de manera recíproca e igualatoria desde lo más singular a lo más planetario.
¿Cómo lo hace la Literatura?
Quizás actualmente sea una diáspora de múltiples tendencias que reflejan, como cualquier otro arte, el caos que nos planteaba Garcés al comienzo.
Hay tendencias que buscan evadirse de esta realidad agobiante con relatos históricos, fantásticos o de ciencia ficción ambientados en épocas antiguas o irreales. Otras hablan de las relaciones personales, de los sentimientos más íntimos o de las experiencias vitales queriendo psicoanalizar cada uno de los pasos que damos con algún aprendizaje final. Más oscuras son las que muestran los resultados de nuestra sociedad y narran historias trágicas de bulimia, drogadicción, sexting, bulling o suicidio. También están las tendencias policiacas, negras o de thriller que sólo gustan a los lectores que necesitan experiencias nuevas y sorprendentes, que les pongan al límite, con el corazón casi en la garganta. Pura adrenalina. Además de las que narran aventuras de superhombres y emulan las obras clásicas.
Puede que estas tendencias sean las más “comerciales”, las “de siempre”. Hay otras más vanguardistas que transgreden la norma. De ellas me sorprenden últimamente las que hablan desde la carne, desde el cuerpo.
En cualquier caso, hoy en día hay muchas voces y maneras de contar, aunque gusten más las primeras, las que reflejan la realidad o se evaden de ella. Tal vez porque han llegado con la inercia del transcurrir del tiempo y son más numerosas que las transgresoras. Aún así y a pesar de que podríamos diferenciar unas de otras, siguen pareciendo la misma voz.
En definitiva, ¿podrían las voces del discurso ser autónomas para contar sin creer, ni asumir, ni estar sujetas a la condena de ciertos cánones o normas? ¿Tenemos miedo a narrar, a expresar, a cantar, a escribir, a contar compartiendo de manera recíproca y universal? ¿A qué tenemos miedo cuando nos miramos el ombligo?
¿Son combativas las voces del siglo XXI?