— Reseñas: Novela española —

La memoria infiel, Carmen Amoraga

Lectura de junio de 2025

“La memoria infiel trata de una mujer joven que un día recibe una llamada de la funeraria de su pueblo natal informándole de que su madre, con la que llevaba veinte años sin mantener relación, ha muerto. En ese momento sabe que le toca enfrentarse al hecho de que quizá nunca fue buena hija, del mismo modo que su madre no fue una buena madre.

A su pesar, pero irremediablemente, Salomé se reencuentra con los fantasmas de su pasado, las amigas, los primeros novios, el rastro de sus errores… y también con algunas sorpresas”.

«Carmen Amoraga cuenta historias de verdad, con sabiduría y con ternura, sin sentimentalismo. Y las cuenta bien». Esto dice Eduardo Mendoza.

Y es verdad, las historias de Carmen Amoraga son auténticas y cuando las lees, igual que me ocurrió con Basta con vivir o con El corazón imprudente, tienes que estar preparado para reencontrarte con sentimientos guardados.

La memoria infiel trata sobre la relación entre madres e hijos, de cómo nos pensamos y nos recordamos. Recuerdo momentos y pienso si he sido justa con mi madre cuando actuaba de una forma que yo no esperaba. Me pregunto si guardará historias que explican actos de su vida que no entiendo.

En verano, en Serra, tengo un nudo que me aprieta. Intento deshacerlo mientras cuido de sus plantas o me preparo un hervido para cenar o me hago un broche de jazmines como hacía ella. Pero no es lo mismo, mi madre ahora viene muy poco aquí. Sigo recordando e intento comprenderla en esta terraza, donde cosía por las tardes con la radio en marcha. Me vio llorar, porque en verano se llora mucho por amores y desamores, pero nunca me dijo nada, ni juzgó. Y ahora pienso que su presencia me servía de bálsamo.

Recuerdo un poco más. La veo aparcar su 600 en la puerta con las gafas de sol grandes, mientras todos salíamos corriendo a ver qué nos traía de Valencia. Una raqueta de frontón “Winstar”, unas zapatillas “Pepa Ramos”… Nunca había marcas famosas, pero eso, aunque me daba rabia, me hacía más fuerte. Tampoco había sermones. Solo miradas, conversaciones y domingos con tarta de limón o almendras. Y detalles, muchos detalles. También reñíamos, claro que reñíamos, pero siempre me sentía amada de una forma incondicional a pesar de que en ocasiones la vi llorar o enfadarse conmigo sin saber por qué.

Cambio el punto de mira, voy saltando y me acerco al de mi madre. Cuando estoy con ella le pido que me cuente, aunque a veces no se acuerda y le falla la memoria, pero entre las dos reconstruimos la vida. Y es que al final aprendes que necesitas la mirada de tu madre para tener una idea clara de ti mismo. Aprendes, como Salomé, que todos tenemos una historia y que los recuerdos que guardamos están sesgados, falta la versión que vivió el otro, su mirada, si queremos ser fieles a la memoria.

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