— Reseñas: Novela extranjera —

El último encuentro, Sándor Márai

Elena, mi alma gemela en la universidad, y yo decidimos a principios de este milenio intercambiarnos dos novelas de Sándor Márai, porque queríamos leer a uno de los escritores de la literatura centroeuropea más importantes. Este escritor, que nació en 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia, no tuvo una vida fácil. Primero pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia y en 1948 con la llegada del régimen comunista, abandonó definitivamente su país y emigró a los Estados Unidos. Su obra fue prohibida en Hungría y nos privó de sus libros. Hubo que esperar varios decenios, hasta el ocaso del comunismo, para que Sándor Márai fuera redescubierto. Se quitó la vida en 1989 en California, poco antes de la caída del muro de Berlín.

La extraña y El último encuentro fueron las novelas elegidas y a mí me tocó la segunda. Recuerdo que empecé a leer tan ensimismada las primeras páginas en la cafetería Tamésis que el dueño se acercó para decirme que notaba mi entusiasmo desde lejos y quería saber qué empezaba a leer.

La recomendación era buena y valió la pena entonces y, ahora, dieciséis años después, mucho más. Es curioso cómo los libros igual que las amistades guardan muchas anécdotas y recuerdos. Esta novela te lleva a pensar en todo ello, en qué has vivido y con quién. Y además, te devuelve a la memoria las conversaciones que nunca se dieron y las palabras que podrían haberse dicho.

El último encuentro es una novela que seguro habrán leído los lectores que buscan una prosa rigurosa. Márai escribe fiel al pensamiento y al discurso de los personajes y describe de manera precisa cada detalle. “Los objetos parecían recobrar el sentido de su ser, parecían tratar de demostrar que todo adquiere un significado al estar en contacto con los seres humanos, al participar en la vida y en el destino de los hombres”.

Esta historia, aunque encierra un misterio, es muy sencilla. Hace poco más de cuarenta años que dos buenos amigos no se ven. Ya ha pasado la época de esplendor, de elegantes veladas y salones decorados en un pequeño castillo de Hungría, a los pies de los Cárpatos y dos hombres tienen la necesidad de volverse a encontrar. Esta será quizás la última vez que se vean, todo depende de la conversación y el silencio que mantengan en el castillo del general.

Poco a poco afloran los sentimientos sin vacilación, a un ritmo lento, como acompasado por las notas de un piano. Se podrían contar los temas que trataron o los que obviaron, pero es mejor leerlos. Te hacen pensar en el poder de la amistad y de la voluntad. También en el peso de las convenciones sociales, los prejuicios y los malentendidos. ¿Cuántas conversaciones no se han producido? ¿Cómo se domestican las palabras?

“También existen instantes que no es de noche ni de día en los corazones humanos, instantes en que los animales salvajes salen de su escondite, de las madrigueras del alma, y en que tiembla en nuestro corazón y se transforma en movimiento de nuestra mano una pasión que hemos tratado en vano de domesticar durante, durante muchísimos años…  Todo ha sido en vano: hemos negado, sin la menos esperanza, el sentido de esta pasión, incluso a nosotros mismos, pero el contenido real de la pasión era más fuerte que nuestros propósitos, y la pasión no se ha disipado, sino que ha cristalizado.”

Una soledad demasiado ruidosa y El último encuentro, 
12ª Tertulia - Literatura desatada (HELLEN BERGER)

Una soledad demasiado ruidosa y El último encuentro, Hellen Berger 27/06/24

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