Supongo que nunca había leído nada de Stephen King, ni había visto ninguno de sus libros adaptados al cine. No me gustan las historias de miedo porque me recuerdan que el Mal habita en el mundo. 
Sin embargo, hace unas semanas leí uno de sus relatos, el primero que se estrenó por internet: Montado en la bala o Riding the bullet. Y casualmente no es una historia de miedo, ni de terror, como me imaginaba. Es un relato breve y perfecto que te atrapa en sus cien páginas.
La historia trata de un joven universitario, Alan Parker, que recibe la noticia de que su madre está muy grave. La distancia entre ellos es de casi doscientos kilómetros y él tendrá que hacer autostop si quiere llegar a despedirse de ella. En el camino le llevan dos personajes grotescos y misteriosos que producen asco y pánico en el protagonista y en el lector. Las historias que cuentan le hacen dudar de si están vivos. También las conversaciones que tienen y los movimientos habituales que se dan en el habitáculo del coche se van magnificando y provocan tanta angustia en Alan Parker que no hace más que pensar en la distancia tan fina que existe entre la vida y la muerte.
El caso es que a lo largo del viaje el lector se hace una idea de cómo fue la relación entre madre e hijo. Y además, descubre cómo un objeto, el pin, y una anécdota, subir o no a una atracción de feria puede condicionar toda una vida. Esta historia podría ser la de cualquiera de nosotros, porque quién no tiene alguna anécdota u objeto que le une a su madre. Algo que te marcó, que aparece recurrentemente en tu vida y hace que te cuestiones tu existencia.
Subir o no a la Bala es el dilema y no sabemos cuántas balas nos quedan.
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La imagen de portada es de El Periódico.