— Reseñas: Novela española —

La mujer sin nombre, Vanessa Montfort

Vanessa Monfort ha escrito una novela que como ella misma cuenta en una entrevista trata de dar visibilidad a una de las escritoras silenciadas por la Historia, al público general y no sólo al académico como hasta ahora. Uno de esos misterios literarios que en el siglo XXI podrían ser inimaginables, pero que no hace más de un siglo eran comunes. 

María Lejárraga utilizó como seudónimo el nombre de su marido Gregorio Martínez Sierra para escribir casi un centenar de obras de teatro, libretos de música, discursos, etc. Fue la autora de todas las obras que se le atribuyeron a él y que muchos años después de su muerte, gracias a la correspondencia que mantuvieron cuando estuvieron separados, se demostró que fueron suyas.

La novela se sitúa en el siglo XXI cuando la directora teatral Noelia Cid tiene que estrenar Sortilegio, una obra perdida del gran dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, y descubre que tras esta historia hay un misterio, por lo que decide averiguarlo con ayuda de su compañía de actores. A medida que avanza la investigación se van produciendo retrospecciones al siglo XX que nos sitúan en la vida enigmática de esta mujer.

La historia, que se divide en tres actos, va dando saltos de una época a otra y de este modo vamos recorriendo todos los escenarios de la Historia en los que vivió María Lejárraga: el Madrid literario de los años veinte, el París de la Belle Époque, la lucha política de las mujeres durante la Segunda República, el exilio tras la Guerra Civil, la ocupación de Francia por los nazis o el glamour de la época dorada de Hollywood.

La vida de esta mujer que tuvo que adoptar diversos nombres para sobrevivir es impresionante y melancólica a la vez. La autora sabe perfectamente hacernos revivir la contradicción que se da en el carácter de esta mujer que a pesar de sentirse fuerte, pasional e intensa tiene que reprimirse por un amor inexplicable a un hombre que no le corresponde como ella se merece.

Toda su vida fue fascinante, como también lo fueron las amistades que mantuvo con personalidades como Juan Ramón Jiménez, Manuel de Falla, Zenobia Camprubí, Lorca… Solo imaginar una conversación con uno de ellos me parece una locura, pero que ellos admiraran a esta mujer demuestra la altura y la sensibilidad artística de tan gran escritora.

Su vida no solo la dedicó a escribir, también defendió el valor y la intelectualidad de las mujeres y, además, apoyó la cultura y la libertad, siendo siempre fiel a sus principios y sin perder el sentido del humor.

Consciente de que su vida, trágica y cómica como la del resto de los mortales, tenía un principio y un fin, supo plasmarlo, como los grandes dramaturgos que le precedieron, en sus obras de teatro.

En el prólogo de su libro Fiesta en el Olimpo así lo explicaba: “El espectáculo es una de las necesidades fundamentales del ser humano. Sin espectáculo no podemos vivir espiritualmente, como no podemos subsistir materialmente sin alimento. La vida es, por lo menos en las dos terceras partes de su duración, triste, amarga o difícil para nosotros, y tediosa para la mayoría que no tiene la imaginación suficiente para crearse una diversión interior. Este libro está formado por distintas piezas, porque las piezas, comedias, farsas, pantomimas, ballets, esbozos de acción televisada forman parte del Gran Teatro del Mundo».

Esta novela me ha costado mucho leerla. La empecé al final del verano pasado y he conseguido terminarla hace unas horas. Podría decir que su lectura ha sido como un riego por goteo. En algunos momentos me ha parecido que la autora tiene un estilo complejo que me resulta difícil de entender. No sé si esto sucede porque tiene una prosa densa o porque verdaderamente mi mente anda dispersa con mil pensamientos que me dificultan la comprensión. En cualquier caso, muchas veces se produce un poco de confusión con la gran cantidad de nombres y con las idas y venidas de una época a otra.

Pero a pesar de que la autora se hace pesada en alguna de sus páginas, hay escenas que emocionan y sobrecogen hasta llevar al lector/espectador a la catarsis. Es aquí donde se aprecia su habilidad en la puesta en escena, no en vano quedó finalista del premio a “Mejor autoría teatral de la XXIII edición Premios Max 2020”.

Rescataría dos momentos que emocionan y sobrecogen. La despedida y muerte de su amigo Juan Ramón Jiménez y la muerte de la protagonista. Tras la lectura de esas escenas, la acción se para y el lector tiene que coger aire para continuar. Es como cuando en el patio de butacas de un teatro se hace el silencio y el público entra en comunión con lo que sucede sobre el escenario.

Sí, recomendaría la lectura de esta novela, pero quizás sería necesario conocer algo de la historia literaria y cultural del siglo XX para disfrutar mucho más de todo la información que te da este libro. Tengo suerte porque a mí me fascina la colina de los chopos, siento atracción por las mujeres del Lyceum Club, me estremecen las vanguardias, los versos y la prosa del siglo en el que nací. Quizás por eso, las hojas de este libro han ido cayendo como los días de este curso. Y puede que la energía de esta mujer haya fortalecido como el riego por goteo el día a día de cualquier lector que como yo se ha acercado a su historia sin saber a qué misterio se enfrentaba.

– ¿Sabes, Juan Ramón? – susurró María volviendo de ese limbo-. En las horas muertas pienso mucho en nuestra amistad, como siempre decías tú, «pluscuamperfecta». 

-Yo nada he olvidado de ella, lo que tú llamabas «tu paz y mi tristeza»… – Él apoyó un codo en el reposabrazos. De nuevo, un conato de su antiguo donjuanismo-. ¿Sabes, María?… Cuando pienso en las horas que hemos pasado juntos, a veces me pregunto… 

-… que juntos, los dos hemos callado tanto…, ¿verdad?- le interrumpió. Era incorregible. Y dejó descansar su cabeza anciana en el pecho esquelético-. Últimamente siento rabia contra mí misma por las muchas horas que he desperdiciado por amor. 

El poeta triste suspiró y ella sintió aquel pequeño huracán colarse entre sus costillas y atravesarle el corazón, que también tenía en los huesos. 

 

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NB: La imagen de la portada es de deia.eus

 

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