La última novela de Fernando Aramburu, Los vencejos, es el diario que Toni, el protagonista, decide escribir un año antes de suicidarse. Él mismo marca la fecha de su muerte, el 31 de julio del próximo año. El manuscrito comienza el 1 de agosto y es un examen de conciencia con el que repasa quién ha sido y qué ha hecho con su vida.
Cada noche se repite la fotografía del escritor mítico que a la luz de una lámpara y con una copa de licor reconstruye la jornada y alguno de los capítulos de su vida. 12 meses. 365 días. Una estructura redonda y metódica.
Podríamos hablar de metaliteratura, pues el autor se sirve de la escritura diaria y de la biblioteca del protagonista para poner en la literatura el foco del discurso. La exageración de los personajes y de alguna de las escenas nos sacan de la realidad y nos hacen pensar que vivimos una ficción literaria. Así como la prosa inteligente y fluida del escritor que escribe dentro de la historia del escritor. Esta obsesión por los libros, la lectura y la escritura hace más evidente la necesidad de reafirmarse en lo literario.
El protagonista escribe para sí mismo, pero de alguna manera subyace el deseo de ser leído por su hijo Nikita, como principal destinatario, y por el resto de los lectores. Quizás para que reconstruyamos su vida y aprobemos su decisión de acabar con todo. Su vida podría ser la de cualquier ciudadano medio con la que sentirnos fácilmente identificados.
Por eso, Los vencejos es una novela “pandémica” que pone voz a los pensamientos que nos rodean en estos tiempos. La vida y la muerte. La línea fina que las separa y que nos atormenta al no saber cuándo acabará esta peste que en marzo cumplirá dos años. Las amistades y el amor. Lo que somos capaces de dar y de querer recibir. El miedo a implicarnos en los sentimientos de los demás y en indagar en los nuestros.
Toni y sus amigos, Patachula y Águeda, son las tres puntas de un triángulo que reflejan tres personalidades extremas y diferentes, pero que en la unión de los tres puntos encuentran el equilibrio. Sus pensamientos y movimientos son tan exagerados que caen en la ficción y en lo irreal. Literatura. Sin embargo, esa exageración nos ayuda a entender las posturas tan dispares que estamos adoptando en la actualidad y nos meten en la psicología de aquellos que encuentran en el suicidio o en el aislamiento la solución a su apatía y a sus problemas. Realidad.
En algún momento, molesta leer Los vencejos porque te sientes identificado con alguno de los personajes y te preguntas si los demás te verán actuando de una manera tan ridícula o desorbitada. También porque remueve los sentimientos y te hace pensar en tus familiares y amigos que equiparas a alguno de los personajes de la novela. Vistos desde fuera sus actitudes y acciones son más comprensibles, pero eso hace también que te parezcan más insoportables o queridos. Es un ejercicio duro que Fernando Aramburu nos propone con su estilo cortante y seco. El mismo con el que presenta la novela en sus conferencias. También porque hace que te preguntes qué te sobra y de qué o de quién deberías desprenderte.
La novela en 698 páginas narra perfectamente la vida, la de ahora, la que estamos sosteniendo entre todos para evitar que nadie más caiga en esta pandemia. La misma que intentamos disfrazar con literatura y ficción, porque quizás lo mejor es leerla en un libro y esperar a que acabe con un final feliz.
NB: La imagen de la portada es del diario MálagaHoy