— Reseñas: Poesía española —

Yo descanso en la luz, Francisco Brines

Los poemas de Francisco Brines me llegaron hace tiempo, pero fue en mayo, en la entrega del Premio Cervantes al poeta, cuando se produjo el flechazo. La casa que recibía a los Reyes con el mar de fondo me sedujo y deseé haber sido una de las rosas del jardín para contemplar el momento. Desde aquel día busqué celosa sus versos para comprender por qué Elca.

Con el verano llegó el número 12 de la colección Palabra de honor de la editorial Visor, Yo descanso en la luz. Una edición preciosa de Luis García Montero que recoge poemas de Brines desde Las brasas (1960) hasta La última costa (1995). 

Ama la tierra el hombre

con gran fuerza,

por un ciega ley del corazón.

Todos los hombres saben

que un día han de llorar

de amor por ella.

“La vieja ley”

El poeta desde la contemplación serena toma conciencia del final de la vida ya en los primeros versos. Ante la soledad, el paso del tiempo, la muerte… le salvará la emoción que le produce contemplar la naturaleza y los hechos “pequeños”. Una mirada paciente con la que observa y nos invita a observar.

Y yo los reconozco, detrás de los cristales de mi cuarto.

Y nunca han vuelto su mirada a mí,

y soy como algún hombre que viviera perdido en una casa de una extraña ciudad,

…/…

feliz porque la brisa le mueve los cabellos,

ha cerrado los ojos

para verse pasar, con el cansancio ardiente de quien sabe

que aquella juventud

fue vida suya.

“Mere Road”

De este modo, los ojos y la mirada se convierten en una constante en sus versos que nos llevan a los límites, al final que es nada.

Unos ardientes ojos, cierta vez, miraron esta tierra

y descubrieron orígenes diversos en las cosas,

y advirtieron que espíritus opuestos los enlazaban

para que hubiese cambio, y así explicar la vida.

Esta tarde, con los ojos profundos, he descubierto la intimidad del mundo…

“Amor en Agrigento”

Hay un tono melancólico al observar, sin embargo, con cada objeto o momento evoca la vida y lo celebra. Añoranza alegre de lo vivido.

Y enciéndete en la noche que ahora empieza,

y entre tantos amigos (y conmigo)

abre los grandes ojos a la vida

con la avidez preciosa de tus años.

La noche, larga, ha de acabar al alba,

y vendrán escuadrones de espías con la luz,

se borrarán los astros, y también el recuerdo,

y la alegría acabará en su nada.

“Collige, virgo, rosas”

La contraposición de imágenes y los símbolos que el poeta utiliza ayudan a entender esta paradoja, pues adquieren el doble significado que explica la tristeza de la muerte y la emoción de la vida. Rosas, pájaros, casa, mar, abrazos… son símbolos naturales, propios del paisaje mediterráneo, con los que el autor muestra la fragilidad y la pasión, como en una rosa.

y el olor de las rosas sube al aire.

“Palabras para una despedida”

De esta forma la poesía se hace útil para el lector, porque se siente identificado con ella y la hace suya. Sus versos se hacen universales porque cobran significado en quien los lee. La poesía sólo existe si existe el lector.

¿Y cómo devolver a mi vida la luz

de la mañana, las lágrimas nocturnas,

el asombro del mar, los silencios del mirlo,

el tiempo de una tarde inacabable?

“El pacto que me queda”

Francisco Brines decía: “La poesía nos alimenta por dentro, en silencio, porque los que leen poesía la necesitan como unos drogadictos. Y por eso son lectores tan agradecidos, tan reales. Y eso es algo que nos une a todos los que la leemos”. “Los que leen poesía la necesitan como drogadictos” (29 abril 2010 – EL PAÍS).

Y un día habrá de ser,

sin que la grata luz, las voces de la casa,

los cultivos del huerto, los días recordados

de la remota y breve juventud,

ni tampoco el amor que me tenéis,

retrasen la obligada despedida.

“Palabras para una despedida”

También Luis García Montero lo explica así al final del prólogo de esta antología: “Por eso decía al principio que la obra de un buen poeta es siempre una reivindicación de la utilidad de la poesía. Por eso afirmaba que la serenidad trágica de Francisco Brines supone un acto de conciencia, respeto y dignidad. Conciencia de unos límites existenciales que no intenta ocultar con esencias y autoengaños. Respeto vital a los dones fugaces del mundo. Dignidad para relacionarse con la propia soledad, siempre habitada por los otros. Tuya es su poesía, lector.”

Si ahora pudiera ver las desnudas montañas de Oliva,

la exangüe luz cayendo entre sus piedras,

a sus pies los naranjos sombríos,

el aire azul en torno de la casa

y al frente el mar, muy pálido.

Estar mi cuerpo allí, sabiéndome aún vivo

y, por ello, feliz

o esperanza de serlo.

“La tarde imaginada”

El corazón del poeta, de cada lector, está arraigado a un lugar que existe en la tierra, pero que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida, porque existe en nuestra alma. Un espacio al que acudimos para salvar la vida. Literatura y tierra.

Ya todo es feliz vida:

y ante el verdor del pino,

los geranios. La casa,

la blanca y silenciosa,

tiene abiertos balcones.

Dentro, vivimos todos.

«Elca»

Todo empieza y acaba en un punto que se cierra como un círculo. El origen y el fin es Elca.

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