— Teatro —

Teatro reunido, Eduardo Mendoza

«Estamos llegando al final. La luz se apaga y la vida es como un sueño olvidado al despertar. Ya se irá acostumbrando. A todos les cuesta. Pero poco a poco se van haciendo a la idea.»

Cuando vas al teatro puedes ver toda la obra en su conjunto: utilería, música, luces, vestuario, maquillaje, coreografía, … Sin embargo, leer las obras te da más tiempo para saborear los textos. Esto es lo que me ha pasado con el teatro de Mendoza.

Al escritor se le conoce principalmente por su prosa, de hecho, Restauración, Gloria y Grandes preguntas son sus tres únicas obras de teatro y pocos las conocen. Pero son tan brillantes como cualquiera de sus novelas. El estilo personal que le caracteriza ha sabido llevarlo perfectamente a las tablas e incluso le ha añadido un toque surrealista y crítico que es tan sutil que debes volver a leer alguna de sus frases para entender la grandiosidad que encierran.

Cuando terminaba de leer sus obras tenía la impresión de estar leyendo a los grandes del XVII. La ironía de Quevedo, el enredo de Lope. Mendoza, como aquellos, también se cuestiona y nos hace reflexionar sobre nuestra existencia y sobre los detalles que construyen (o destruyen) las relaciones humanas. Parece que en la época que nos ha tocado vivir se repiten los mismos estereotipos, las mismas dudas y los mismos sueños. Ya lo decía Calderón de la Barca la vida es un sueño y el mundo, un gran teatro.

¿Quién sabe? A lo mejor dentro de dos siglos los estudiantes tomen como referente el teatro de Mendoza para entender nuestra época. Lástima no verlo.

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A continuación, hago un breve estudio de cada obra, donde explico lo que me más me ha llamado la atención.

Restauración fue una de las tres obras que escribió y la única que se representó en un teatro “importante” de Barcelona.

Se sitúa en la época de la Restauración, momento en el que Alfonso XII recupera la monarquía de España e intenta restaurar el país. Sus acciones hicieron que fuera apodado “el pacificador”, rasgo que aprovecha Mendoza para la obra.

La acción se desarrolla en un único escenario, la casa de campo donde vive Mallenca y durante una sola noche. Mallenca es una mujer que supuestamente había sido actriz y vive allí alejada del ruido de la ciudad. Esa noche van llegando tres hombres de diferentes edad y condición, atraídos por ella.

La tensión aumenta porque se oyen los disparos y los cañonazos de la guerra carlista, de este modo se crea otro espacio ficticio fuera del escenario único. Los tres personajes masculinos están “perseguidos” de alguna manera por esta contienda y buscan en casa de Mallenca cobijo. Se produce un “juego de disfraces” que resulta ser una metáfora en la que cada uno se interroga quién es y qué quiere ser a partir de ese momento. Es como jugar a ser algo o alguien.

La protagonista se ve envuelta en este enredo en medio de la oscuridad y el misterio de la noche. Estas palabras de Mallenca hacia el final de la obra nos indican su incertidumbre, que coincide con el clímax de la obra:

Dios me ayude

a deshacer este enredo.

He de elegir

entre un sinvergüenza,

un soñador y un tonto

y no sé quién es quién. 

Al final sale a escena Alfonso XII para deshacer el embrollo, como ya ocurría en las obras clásicas del Barroco. Tras su intervención, la luz del día acompaña a la acción y con la claridad de la mañana Mallenca resuelve su problema.

Mendoza no ha escrito mucho teatro y no se ha dedicado a ello principalmente, pero en esta obra se ve una clara influencia y conocimiento del teatro clásico. Por un lado, las unidades de acción, tiempo y espacio a la manera de los ilustrados; por otra, los estereotipos barrocos; y por último, el teatro en verso característico de muchos clásicos españoles.

Quizás lo que me ha parecido más interesante ha sido el mensaje que transmitían los diálogos.  Las conversaciones parecen triviales, sin embargo hay mucha profundidad en el contenido, que se intensifica con el estilo poético que emplea el autor.

Interesante es el final del prólogo que Pere Gimferrer escribe a Restauración:

Así, al escribir teatro poético –en el mismo sentido, insólito entre nosotros, en que lo hicieron T. S. Eliot, Christopher Fry, o bien Auden y Isherwood– Mendoza lleva a cabo a la vez que una investigación en los límites entre lo coloquial y lo lírico (hay verso regular, incluso endecasílabo a la italiana, y hay períodos libres que no son ciertamente lo que un metrista llamaría “prosa recortada”, sino que tienen armazón de poema real), también un viaje al fondo de la galería de sombras, de obsesiones personales, de mitos privados y de esfinges secretas que determina que sus textos, tan divertidos, nos puedan además conmover en dos sentidos: por el triunfo del puro instinto artístico y por la contenida verdad humana.

La segunda obra es Gloria. Una comedia que se desarrolla en un solo acto dividido en 29 escenas. Tiene lugar en Barcelona y su acción transcurre a lo largo de una noche. Esta nunca subió a las tablas.

Se trata de una comedia de enredo en la que los seis personajes van contando cómo han cambiado sus vidas desde que se conocieron. El ritmo frenético de las entradas y salidas a escena evidencia el destarifo de vida que llevan.

Han pasado muchos años desde que los cuatro protagonistas montaron una editorial. La crisis y su mala gestión se fue cargando el sueño de aquella empresa. Los personajes ahora se han transformado en esperpentos de su juventud y ya queda poco de las ilusiones del principio. Por otro lado, los personajes secundarios, el camarero y el detective, son necesarios para “adelantar” la obra y hacer entender al espectador quién es quién, sin embargo, su manera de actuar también deja claro que no están en sus cabales.

La obra hace reflexionar sobre el devenir de la vida, el dinero, los sueños incumplidos, los fracasos y las relaciones personales. Es otra metáfora donde “vivir o morir” vuelve a ser la clave.

Por último, la tercera obra: Grandes preguntas. Se representó entre amigos en un pequeño teatro de Girona.

Esta obra es la más metafórica porque trata de cómo un señor, Daniel, sube al “cielo” y allí le recibe un ángel, Tobías, en lugar de recibirle San Pedro. Desde ese momento el lector sabe que nada es como lo hemos imaginado. El primer sorprendido es Daniel que no sabe si está en el cielo o en el infierno después de morir. De hecho, él espera que le juzguen por su vida en la Tierra y se encuentra con un montón de preguntas absurdas a las que no le encuentra ningún sentido.

Sin embargo, el espectador poco a poco se da cuenta que estas preguntas no son tan tontas, porque evidencian que nos pasamos la vida preocupados e inducidos a lo que “es correcto”, “lo que toca hacer”, “lo que es mejor para nosotros”, “lo que todos hacen”, “lo que nos piden”, …

Grandes preguntas consta de un único acto en el que intervienen estos dos personajes y Marcial que sale al final de la obra. El diálogo entre los dos primeros es ágil, rápido e irónico, pero cuando aparece el último personaje, boxeador, se para la acción. Su discurso es como un monólogo en el que narra su última pelea en el ring y su desolación cuando se siente abandonado. El lector descubre al final de sus palabras que este personaje podría simbolizar al mismo Jesús momentos antes de morir, cuando se siente abandonado por Dios. Los tres, en fin, son personajes simbólicos que recuerdan a prototipos de cualquier religión: el creyente, el mensajero, el salvador, …

Es evidente que el autor nos quiere hacer reflexionar sobre la vida, la muerte y nuestras propias creencias. ¿Es propio lo que creemos? ¿Existe el más allá? ¿Qué es lo correcto? ¿A quién queremos agradar? ¿Qué buscamos en nuestra vida?

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