— Reseñas: Novela extranjera —

Los restos del día, Kazuo Ishiguro

“Cuanto más leo, más lejos estoy de llegar al final.”

A los veinte años me quedé fascinada cuando vi Lo que queda del día. Hasta el momento nadie me había contado así una historia, o a lo menos, nunca había sido consciente de ello. Casi un cuarto de siglo después, la Academia sueca premia al escritor que inspiró esta película, Kazuo Ishiguro, con el Nobel de Literatura.

Había llegado el momento de leer Los restos del día y es curioso, mis ojos han vuelto a quedar fascinados. Lo que vieron coincide con lo que acaban de leer. Leer a un Nobel te sube allí arriba donde sólo los grandes llegan.

Kazuo Ishiguro ya se consideraba uno de los renovadores de la narrativa inglesa en los 80 junto con otros autores. De hecho, el editor de la revista Granta, Bill Buford, con gran intuición lanzó a este grupo (Best of Young British Novelists, 7, 1983) en una operación de marketing. Después cada uno “brilló con luz propia”.

Y así lo ha hecho este escritor británico, nacido en Japón. Dato importante para entender cómo escribe. Porque su prosa, sin figuras retóricas, es elegante, minuciosa, con una sintaxis exquisita, perfectamente inglesa; aunque hay algo de oriental cuando ahonda en el paso del tiempo.

Los restos del día (Premio Booker – 1989) es un ejemplo de ello, una novela discreta y encantadora que bucea en las preocupaciones metafísicas y filosóficas del protagonista, pero en la que nos podríamos ver muchos reflejados. ¿Quién no ha pensado si ha obrado bien en el pasado o debería haber actuado de otra forma?

El autor en una de sus entrevistas recientes en Londres decía:

“En mi carrera he mirado a individuos que sufren enfrentándose a los recuerdos de su pasado, algo aplicable también a las comunidades y a las naciones. Como autor, una de las cosas que me fascinan es determinar cuándo es mejor recordar y cuándo es mejor olvidar”,

Mister Stevens es el protagonista y el narrador de esta novela. Desde la primera línea se dirige al lector y te sientes interpelado, como si estuvieras charlando con él mientras tomas el té. Es como si el personaje necesitara desahogarse contigo y justificarte por qué se comportó así y que le llevó a sacrificar sus sentimientos, sus deseos y su propia vida por servir a su señor y cumplir con lo “correcto”.

En ningún momento deja de hablar contigo, porque son constantes las llamadas de atención para que entiendas que él no hizo más que lo debía: posponer su propia vida a los intereses del señor, no opinar, no titubear ante el dolor y sobre todo, no reconocer ni mostrar lo que uno siente. Así se conseguía la dignidad y cumplía con su oficio de mayordomo.

Al final de su vida se da cuenta de lo que ha perdido cuando “realiza un viaje en carretera desde Darlington Hall, la gran casona en la que Stevens funge como mayordomo, al puerto de Weymouth, donde vive la señorita Kenton (ahora, casada, la señora Benn), quien fungió durante años como el ama de llaves de Darlington y a quien Stevens desea contratar de nuevo”.

Es una novela reflexiva que utiliza recursos ya vistos en otros clásicos como realizar un viaje para encontrarse a uno mismo, dirigirse a un receptor como testigo de sus reflexiones o tratar la fugacidad del tiempo. Sin embargo, esos seis días y todo lo que sucede y recuerda en ellos son magistrales. La excusa perfecta para tratar las crisis humanas que al fin y al cabo se encuentran al mismo nivel que las de las naciones y la Historia.

En Los restos del día historia e intrahistoria se dan la mano y a partir de la vida de Stevens conocemos las reuniones clandestinas que su señor, Lord Darlington, mantuvo antes y después de la 2ª Guerra mundial con personajes clave en las decisiones mundiales. El mayordomo no se da cuenta de con quién ha estado aliándose su dueño hasta muy tarde. Esto hace sentir a uno pequeño y frágil, porque la Historia parece que se ha decidido en los libros de texto y en las Enciclopedias, y entonces te das cuenta de que detrás de los acontecimientos más importantes ha habido manipulaciones secretas e intereses creados en pequeñas reuniones y en lugares insospechados.

¿Intenta Kazuo Ishiguro justificar la historia o que abramos los ojos ante el devenir de la vida?

En cualquier caso, esta novela sorprende porque trata lo existencial junto a lo político e histórico. Aúna lo pequeño con lo grande y te sobrecoge cuando crees haberte barnizado y estar distante de lo que te cuenta porque entonces, el narrador te encoge el alma con la única muestra de su intimidad. Algo mucho más importante estaba sucediendo a su lado y él no había querido verlo.

“Creo que no respondí inmediatamente. No me resultó fácil digerir aquellas palabras. Además, como supondrán ustedes, suscitaron en mí cierta amargura. En realidad, ¿por qué no admitirlo?, sentí que se me partía el corazón.»

Como dicen los grandes escritores “menos es más”.

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