Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.
Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.
Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.
***
De rodillas, apoyada con las dos manos en el suelo, sintió el frío de las baldosas. Negras y blancas, como su vida, no sabía si anunciaban el final de la partida de ajedrez. Jaque mate. Quién de todos había dado la última estocada.
Pero la muerte habitaba en Ana desde hacía tiempo. Demasiado. Podría levantarse. Lo había hecho muchas veces, pero le faltaba la voluntad. Su cuerpo pesaba todos los bandazos que como las olas habían chocado con las rocas duras de los que bajo la apariencia de ángeles habían erosionado su alma, hasta borrarle la sonrisa más inocente.
Cargar con la muerte de Quintanar era un peso no deseado. Ni esperado, ni soñado, ni siquiera meditado. Sin embargo, en su frente sentía el alivio de aquella pérdida. Ya no habría más besos paternales para cerrar el día. La bala de aquel ridículo duelo por fin apuntaba a su sien y hacía añicos los diez años de ternura y deseos ahogados entre sábanas frías.
Si había Dios, si Dios la habitaba, ahora se sentía vacía, como un espíritu errante en medio de un cielo negro. Su hermano del alma, le había engañado. El frío, la lluvia y la vergüenza de la procesión del viernes santo volvieron a subir de los pies al pecho, donde se iban clavando los puñales del dolor que producían las miradas inquisitivas de todos los que no sabían lo que era la pasión del que da su vida por otro. No, el reino de Dios no estaba en el orgullo perverso del Magistral.
Respiró profundo. El aire embotado y la cera derretida de los cirios penetraron en Ana y ennegrecieron su alma. Dios bajó del madero, la miró de soslayo y salió de la capilla para siempre. Los demonios le hablaban al oído susurrando palabras dulces. Las mismas que Mesía recitaba como una letanía al calor del deseo, excitando las mariposas que Anita creía sentir en su vientre bajo el peso de aquel don Juan. Mentiras. El mito se repetía y repicaba como el gallo tres veces.
Culpable de haber creído. Las cadenas anegaban su voluntad. No había ningún hombre capaz de amar a la mujer. Se sujetó el vientre cargado de una decepción y una tristeza infinita. Sola.
Pasó un minuto, un siglo, una eternidad. De repente, un mecanismo automático activó su cuerpo y se levantó. Anduvo despacio por la nave central de la catedral. Al llegar a la puerta principal salieron las lágrimas y marcaron la rima de los últimos versos. El sol amanecía y le dio un golpe en la cara. Un soplo de viento fresco que bajaba por las montañas rodeó su figura. El cielo destapó un azul intenso y la cubrió. A pesar del vestido de satén negro, de la cruz de plata y de las puntillas de la mantilla que rozaban su cara, Ana Ozores se sintió desnuda. Escupió el sapo como el demonio que huye y volvió a nacer.
Ya no era de nadie.