Comencé con entusiasmo la lectura de Al faro, porque era uno de los libros previstos para una tertulia literaria a la que me hubiera gustado asistir. Sin embargo, el comienzo me costó. No había manera de coger el ritmo, ni el hilo discursivo de Woolf. Esta autora y los demás integrantes del conocido grupo de Bloomsbury se caracterizan por su prosa modernista y vanguardista, la más novedosa de la literatura inglesa de principios del XX, pero de difícil interpretación.
La autora no narra acciones, sino pensamientos con oraciones larguísimas, bien construidas, pero que tienes que releer varias veces, si quieres seguir su reflexión y llegar hasta donde te llevan.
De la autora conozco las novelas Orlando, que estudié en los últimos años de la carrera, y La señora Dalloway, que vi representada por Blanca Portillo hace poco en el Teatro Olympia. Las dos obras me impactaron por su alto nivel reflexivo y por la complejidad de ideas que propone. La obra de Virginia Woolf es un reflejo de su espíritu volátil, en busca siempre de la libertad y del conocimiento pleno de la vida.
Así es también en Al faro. Se trata de una novela que conjuga dos tiempos, dos espacios y dos personajes, creando entre ellos paralelismos que te hacen replantear las disyuntivas de la vida misma.
La novela está dividida en tres partes: “La ventana”, “Pasa el tiempo” y “El faro”. Entre la 1ª y la 3ª parte pasan 10 años, por eso se crean dos tiempos paralelos. El pasado con la Sra. Ramsay y el presente sin ella. La 2ª parte es un fragmento corto muy poético, que sirve de transición de un tiempo a otro y que explica desde la perspectiva del personal de servicio cómo está la casa. El estado de los objetos, las vistas, el jardín, el faro, … descrito por las señoras de la limpieza dan cuenta al lector de cómo han pasado los años y de cómo se ha deteriorado todo sin la presencia de la protagonista.
No venían nunca, ni tampoco escribían. Había cosas pudriéndose en los cajones; era una lástima dejarlas así, decía. La casa se estaba viniendo abajo. Tan sólo la luz del faro entraba un momento en las habitaciones, lanzaba su repentina mirada sobre cama y pared en la oscuridad del invierno, contemplaba con ecuanimidad cardo y golondrina, rata y paja. Nada se les oponía; nada les decía que no. Que sople el viento… Que el cristal y la porcelana rotos yazcan sobre el césped y se mezclen con la hierba y las bayas silvestres. (pág. 193)
El paralelismo entre los espacios me sorprendió en el título. Al principio, pensé que éste debería ser: El faro y que el artículo “El” debía determinar este lugar. Sin embargo, la escritora utiliza la preposición “a > al” para marcar la circunstancialidad del espacio, como en el circunstancial local latino QUO que la dirección se remarca con las preposiciones AD o IN. De manera que el lector se percata antes de comenzar la lectura de que lo importante no es el faro en sí, sino la conquista de este espacio. Hay que ir a (hacia) él.
El faro se convierte así en un símbolo de luz. Es la verdad que ilumina al otro espacio: la casa de los señores Ramsay, desde donde se divisa el faro y se desea conquistar. Esa casa, donde residen los señores Ramsay, su familia y varios invitados, simboliza el origen y el hogar en el que cada uno intenta encontrar el sentido de su vida.
La señora Ramsay volvió la vista hacia el otro lado de la bahía y allí, efectivamente, llegando con regularidad a través de las olas, primero los destellos rápidos y a continuación otro más largo, estaba la luz del faro. Lo habían encendido ya. (pág. 90)
Todos, sin ser casi conscientes de ello, viven bajo la influencia de la señora Ramsay. Ella es la protagonista de toda la novela y aunque sólo aparezca en la primera parte, también está presente en la segunda y tercera parte. Su hermosura y su manera de ser eclipsa e influye en el comportamiento de los demás. En la cena que la autora desarrolla en el capítulo 17 de “La ventana” se ve perfectamente este influjo y se conocen las relaciones entre todos, siempre desde la perspectiva del discurso (monólogo interior) de la protagonista.
Todos seguían aislados. Y el esfuerzo total para unirlos, para dar fluidez a la cena y crear un ambiente compartido dependía de ella. Advirtió una vez más, con carácter de simple comprobación desprovista de hostilidad, la ineficacia de los varones, porque si ella no lo hacía, nadie lo haría, de manera que, dándose un golpecito como se le da a un reloj que se ha parado, el viejo pulso familiar recobró su ritmo, como el reloj que echa a andar. (pág. 119)
En paralelo a la Sra. Ramsay está Lily Briscoe. Un personaje que pasa desapercibido, pero que en la tercera parte cobra relevancia y nos lleva a compararlas. En ellas reside el tercer paralelismo. Una se mira en la otra. La Sra. Ramsay está casada y en apariencia, de forma feliz. Lily es soltera y se plantea si hace bien en estarlo. Las dos se cuestionan qué es la vida y si existe la soledad. Una al principio de la novela y la otra al final. Por lo que se crean dos discursos. El discurso y la voz interna de la Sra. Ramsay en la 1ª parte y el discurso y la voz interna de Lily en la 3ª.
Es cierto que la novela es moderna e innovadora en estos discursos, pero la segunda parte y algunos fragmentos de los otros bloques en los que la narración se apoya en la simplicidad de ciertos objetos me ha recordado a la novela decimonónica. La siguiente escena, en la que Lily se siente sola entre las tazas vacías, recuerda a lo que le pasó a Ana Ozores cuando se sintió sola en la sobremesa mirando el puro a medio a apagar de don Víctor Quintanar.
A solas en la larga mesa, entre las tazas todavía sin usar, Lily se sintió separada de los demás y tan sólo capacitada para seguir observando, preguntado y sorprendiéndose. La casa, el lugar, la mañana, todo le parecía ajeno. Sintió que carecía de lazos, de relaciones con aquel mundo: podía suceder cualquier cosa y, sucediera lo que sucediese, unos pasos fuera, una voz, todo era una pregunta, como si el vínculo que de ordinario enlaza las cosas se hubiera cortado, y flotaran, aquí y allá, a la ventura. (pág. 205)
En cualquier caso, me ha fascinado cómo carga de significado y poesía la descripción de cualquier objeto y cómo no puede ocultar su herencia literaria que se hace evidente en muchas ocasiones, como cuando nombra a otros escritores o cuando la protagonista tiene como pasatiempo escribir cartas. Literatura dentro de literatura, no sé si hay algo más hermoso. Supongo que la personalidad y el espíritu de la escritora se ve reflejado de alguna manera en estos momentos, en sus personajes y en la simplicidad de las cosas. Aunque quizás no hable de ella. Lo que sí que es cierto es que más de un lector se sentirá identificado con su discurso y esto es lo que hace que toda su obra sea universal y se convierta en un clásico.
Miró por encima de la labor, se tropezó con el tercer destello y le pareció que era como si sus ojos se tropezaran con sus ojos, que aquel rayo de luz buscaba en su existencia, aquella mentira, cualquier mentira. Se alababa a sí misma al alabar aquella luz, sin vanidad, porque ella era severa, penetrante, bella como aquella luz. Resultaba curioso, pensó, cómo, cuando alguien estaba solo, se apoyaba en las cosas, en las cosas inanimadas; árboles, ríos, flores; sentía que daban expresión a su propio ser, que se convertían en él, que lo conocían; que en cierta manera, eran él, y sentía de ese modo la misma ternura irracional por las cosas (contempló el largo destello luminoso) que por uno mismo. Desde el suelo de la mente, desde el lago del propio ser se alzaba, surgía, se levantaba -y la señora Ramsay miró y siguió mirando, inmóviles las agujas-, una niebla, una novia para reunirse con su enamorado. (pág. 93)
