Los poetas, como las personas, a veces llegan por casualidad; aunque les estés esperando desde hace tiempo.
No conozco a los hombres.
No comprendo a los ríos.
No comprendo a los hombres.
Mas no me cuido de ser desconocido
en medio de estos cuerpos casi contemporáneos
vivos de modo diferente al de mi cuerpo.
Hace unos meses un alumno me enseñó entusiasmado los poemas que estaba leyendo de Cernuda, justo cuando estudiábamos en clase a Miguel Hernández. Aquello creó cierta expectativa en mí, sobre todo, porque este poeta formó parte de una Generación fuerte y arrolladora que siempre me ha atraído de una forma inexplicable.
Cuántas veces te vi, …
el desdén esculpido sobre los duros labios,
anegarte frente al mar en una contemplación
más honda que la del hombre frente al cuerpo que ama.
Más tarde, la oportunidad de asistir a la tertulia del IES de Benicalap hizo que la lectura de La realidad y el deseo fuera ya irresistible. Uno no puede negarse dos veces a lo mismo. Ante la belleza hay que rendirse y no poner freno.
Cuando el mar evidente,
con el irrefutable sol de mediodía,
suspendía mi cuerpo
en esa abdicación del hombre ante su dios,
un resto de memoria
levantaba tu imagen como recuerdo único.
Sin embargo, y a pesar de que empecé con ganas, la lectura no fue fácil al principio. El poeta presentaba cierta resistencia a mostrarse y yo no entendía sus condicionales, ni sus verbos directos en 1ª y 2ª persona. Ante mí aparecía un hombre que diciendo un mensaje transmitía otro más fuerte, que escondía un universo de soledad y de grandeza contenida. Como las golosinas que un niño aprisiona en un tarro de cristal.
Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.
Y es que cuando lees La realidad y el deseo encuentras a un poeta insobornable y fiel a sus pensamientos y sentimientos. Una persona dura con el medio y consigo mismo con una voz potente y rotunda que fascina. Igual que sus verbos de conocimiento, voluntad o deseo que estremecen y conmueven, de manera que acabas entendiendo lo que sin querer muestra, como cuando por fin, como un niño, abres el tarro de cristal de golosinas y empiezas a saborear sus formas y colores.
Es el amor de una esencia
que se corrompe al hablarlo:
en el silencio se engendra,
por el silencio se nutre
y con silencio se abre
como una flor. No lo digas;
súfrelo en ti, pero cállate.
Si va a morir, con él muere;
si va a vivir, con él vive.
Entre muerte y vida, calla,
Porque testigos no admite.
Poco a poco entiendes el título de esta antología. El poeta muestra su realidad: la de su infancia, la de antes de la guerra, la del exilio, la de su estancia en tantos lugares del mundo, la de la añoranza de una España que no sentía suya. Pero también, el deseo: un anhelo de belleza y de amor que no cabe en su cuerpo y que, en ocasiones, le lleva a desear la muerte como final demoledor a tanta incomprensión.
Cuando la blanca juventud miro caída,
manchada y rota entre las grises horas;
cuando la blanca verdad veo traicionada
por manos ambiciosas y bocas elocuentes;
cuando la blanca inspiración siento perdida
ante los duros siglos en el dolor pasados,
sólo en ti creo entonces, vasta sombra,
tras los sombríos mirtos de tu pórtico
única realidad clara del mundo.
A pesar de todo y a pesar de que pueda parecer un poeta triste, creo que la clave para entender su universo poético reside en “Poeta del futuro”. Es aquí donde el lector quizás pueda entender que su cuerpo fue prisionero de una época y un lugar equivocados. Él mismo se escribe a sí mismo en un futuro y nos escribe a los lectores del siglo XXI con versos premonitorios que explican que su tiempo no es el que vive, que su soledad está fundada en este hecho y que sus anhelos sólo los sacia la poesía.
Cuando en días venideros, libre el hombre
del mundo primitivo a que hemos vuelto
de tiniebla y de horror, lleve el destino
tu mano hacia el volumen donde yazcan
olvidados mis versos, y lo abras,
yo sé que sentirás mi voz llegarte,
no de la letra vieja, mas del fondo
vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
tendrán razón al fin, y habré vivido.
Aquí pues, respira Luis Cernuda, un poeta introvertido y hermético, con un cuerpo pequeño para albergar tanto sentimiento y grandeza.

